El amigo invisible, ¿motivo de preocupación o aliado en el desarrollo infantil?

Entre los 3 y los 5 años muchos niños tienen un amigo invisible, imaginario. Puede ser una persona, un animalito o un personaje de cuento. Algunos padres se sorprenden. Otros se preocupan y llegan a consultar a psicólogos o pediatras. Piensan que algo va mal en el desarrollo de sus hijos. A veces, estos mismos profesionales les transmiten ideas negativas sobre este fenómeno que es completamente normal. Es más, puede servir como un buen instrumento para educar y comunicarse en familia.

Hay que recordar que a los dos años, los juegos simbólicos y la fantasía son algo normal en el desarrollo del niño (jugar a las comiditas sin comida real, a las casitas en un parque sin paredes, a llamar por teléfono con un juguete… ) ¿Por qué asustarse cuando el desarrollo de la fantasía se mantiene en el tiempo? ¿Cómo podrían existir los cuentos, los libros, las películas? ¿Quizá porque los adultos temen que los pequeños no sepan diferenciar la realidad de la fantasía? ¿O porque desean tener control sobre  todo? ¿O porque han olvidado su propia infancia?

No hay un tipo especial de niñas o niños que tienen un amigo invisible. No es algo exclusivo de hijos únicos. Tampoco indica que pasen mucho tiempo en soledad. Es un descubrimiento que hacen de forma más o menos casual. Un juego más, único, específico, diseñado por ellos mismos a su medida. Y pasa como con todos los demás juegos: si te gusta… sigues jugando.

¿Existe algún riesgo de que nuestro hijo confunda fantasía con realidad?
Es poco probable. Salvo que los padres se tomen al amigo invisible “demasiado en serio” y lo lleven a uno de los dos extremos: intentar eliminarlo por completo, o sea negar que existe, o por el contrario, tomarlo demasiado en serio.

Negar que existe es como intentar negar un sentimiento que para la otra persona es una realidad. Insistir en que es irreal puede hacer que el niño se sienta solo, incomprendido, inseguro. En cambio, aceptarlo con un guiño, es decir: “Vamos a jugar juntos”; “Tú puedes poner las normas”; “¡Nos vamos a divertir!”, permite participar en el juego y aprovecharlo para conocer mejor al niño, para ayudarle a comprender el mundo y transmitirle ideas, valores y normas.

El amigo invisible representa al propio niño, es él mismo. Van aprendiendo a la vez. Y las normas o habilidades quedan para siempre dentro del pequeño.

Es bueno que nuestros hijos crezcan con la sensación de que pueden hacer cosas y que lo que ellos hacen tiene una repercusión fuera.

Sentir que todo lo que pasa viene del exterior contribuye a formar personalidades dependientes, inseguras, poco productivas y a empobrecerles. A veces es posible ser testigo de la siguiente escena: un niño tropieza con una piedra y se cae. La madre o el padre dicen “Tonta, piedra, que has hecho daño a mi niño”. ¿Qué quiere decir esto? Que la causa del golpe está fuera. Que ni él ni los demás pueden hacer nada para cambiar el mundo. Pero en realidad, la piedra no tiene la culpa. Lo que hay que decir es “Aúpa, hijo mío, solo ha sido un golpecito. Nos puede pasar a cualquiera. Es normal que duela un poco. Te voy a dar masajito para que te duela menos”. Esta respuesta enseña al niño a ver que en el mundo hay cosas duras, que están fuera, sí, y que le pueden causar daño, pero que se pueden soportar los golpes, sobre todo cuando alguien nos apoya. Y al sentirse fuerte, entonces es capaz de pensar soluciones, adquirir habilidades y ver más allá de la piedra. Pueden aprender a saltar por encima, tomar otro trayecto o ponerse espinilleras…, soluciones que pueden hacer por sí mismos, sin depender de que alguien quite la piedra de su trayecto.

¿Qué aspectos positivos puede tener ese amigo invisible de nuestro hijo?

  • Su pensamiento, ese diálogo interior sale hacia fuera. Permite formular ideas, desarrollarlas para ese otro personaje. Con ello, madura su capacidad intelectual.
  • Permite ensayar situaciones que ocurren en la vida cotidiana pero sin correr excesivos riesgos, como todo lo imaginario y todos los juegos.
  • Facilita a los padres enseñar normas y hábitos a través del compañero invisible de sus juegos. Por ejemplo: “Ven, vamos a enseñar al Pingüino como se lavan los dientes después de cenar”.
  • Permite corregir las conductas preservando la autoestima: “Di al Pingüino que no se cogen cosas del bolso de mamá sin pedir permiso”
  • Consuela y acompaña de forma simbólica. Así el niño aprende a hacer cosas por sí solo.
  • Permite poner en él los aspectos negativos propios y ajenos. Esto facilita comprender las emociones propias y no hay terceras personas que puedan sufrir las consecuencias.
  • Si el padre habla con el amigo invisible del hijo puede comunicarse de una forma diferente, divertida y creativa. Se pueden transmitir muchas ideas y entender lo que piensa o siente.
  • Para los profesionales de la pediatría, puede también servir como llave para entrar en el  mundo interior del niño. Sirve para explorar situaciones conflictivas en su vida: miedos, ansiedad, situaciones de maltrato, etc.

No es posible inventar un amigo invisible para el niño. Él o ella lo encuentra, lo tiene o no, lo descubre o utiliza. Es algo suyo que podemos convertir en aliado, en instrumento para el crecimiento y la comunicación. Y por supuesto, ¡para el juego!

Autor/es:
Ana Martínez Rubio. Pediatra. Centro de Salud de Camas. Camas (Sevilla)
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Angel Fuentes

20 años dedicado a la educación infantil. Escribo un blog con recursos para los niños y niñas, padres y docentes. Para facilitar su difícil tarea educativa

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